Siempre he pensado que la relación que tenemos con nuestros clientes es como una relación amorosa: El día que conocemos a alguien que nos atrae, nos acercamos y le pedimos que se case con nosotros y tengamos 3 hijos…
¡POR SUPUESTO QUE NO!
Primero notas a la persona que se te hace atractiva. Cruzan miradas. Tal vez una sonrisa. Te acercas, te presentas. Platican. La escuchas. Intercambian teléfonos o e-mail. Unos días después la invitas a salir, cenan juntos, platican. Y así por algunos meses hasta que la relación se vuelve cada vez más seria.
Durante todo este tiempo de cortejo, los detalles son esenciales. Las flores sólo porque sí. Las llamadas y SMS sólo para saludar. Los chocolates que le escuchaste decir que le encantaban o boletos para el concierto de su grupo favorito.

Todos tenemos miles de creencias, tanto positivas como negativas, que nos hacen actuar y percibir las cosas de cierta manera, en nuestra vida y en nuestros negocios.
Es un hecho, tus clientes siempre tendrán objeciones . No importa si tienes el mejor servicio o el mejor producto del mundo. No importa lo que hagas, no importa qué tan bueno seas, siempre tendrás que lidiar con objeciones.
Estoy seguro que la gran diferencia entre un empresario exitoso y uno que no lo es, es sólo una:
Cuando vamos a un restaurante, ¿qué es lo que hacemos? Nos sentamos cómodamente, el mesero nos trae las cartas (menú), lo vemos y en base a distintos criterios, ordenamos lo que nos apetece.
Aunque no soy muy aficionado al futbol soccer, el partido de ayer, Pumas-América es cosa aparte.




